LEYENDA DE MAMÁ BACHUÉ
Muy cerca de la sabana de Bogotá, como una inmensa alfombra
húmeda, quieta y silenciosa, la laguna de Iguaque anunciaba algo
maravilloso bajo sus aguas serenas. Árboles, plantas, flores, aves,
reptiles y mamíferos comenzaron a aparecer, como un milagro
matinal.
De pronto, del centro de la laguna, como rompiendo la helada
línea húmeda, emergió una cabeza de mujer de rostro hermoso,
luego su cuerpo esbelto y entre sus brazos un niño de corta edad.
La tradición muisca llamó a esta mujer con el nombre de
Bachué. Mostrando todo su esplendor, salió a la superficie en
medio de los cantos y trinos de las aves, el vocerío febril de los
animales, el vaivén de las hojas de los árboles y las lucecitas
felices de las flores.
El niño creció ayudando a Bachué a cultivar la tierra, a pescar
truchas, a adivinar la llegada de los amaneceres, de las noches, de
las lluvias y las sequías. Cuando se hizo adulto, se casó con Bachué y la nación chibcha,
hoy Colombia, comenzó a llenarse de niños.
Los hombres y las mujeres se fueron multiplicando y la bella
Bachué se vio rodeada del respeto y el cariño de todos.
Una tarde, Bachué y su esposo convocaron a todos sus
descendientes y con mirada nostálgica, la Gran Mamá anunció el
cumplimiento de su misión y el regreso al misterio abismal de la
laguna.
En medio de lágrimas, ovaciones y lluvia de flores, Bachué y su
esposo descendieron lentamente a las aguas bajo el sol rojo del
ocaso, al tiempo que sus cuerpos se iban convirtiendo en
luminosas serpientes.
Cuenta la leyenda que en las épocas de crisis, en los espejos
húmedos de la laguna de Iguaque, se ve deslizarse una
esplendorosa serpiente; es Bachué, nuestra Gran Mamá, que está
cuidando día y noche a sus descendientes.

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